En una tarde marcada por la oración y la gratitud, el Papa León XIV encabezó las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima y el tradicional canto del Te Deum en la Basílica de San Pedro. Fue un momento para balancear el año que termina, pero también para lanzar un mensaje contundente sobre la situación actual del mundo.
Durante su homilía, el Santo Padre no evitó los temas difíciles. Alertó sobre la existencia de «otros designios» que son contrarios a Dios y que, en sus palabras, están «envolviendo al mundo». Frente a este panorama, propuso la figura de la Virgen María como la verdadera respuesta a las tensiones globales, recordando que en ella Dios «ha escrito la Palabra que revela el misterio».
Una crítica a las «estrategias hipócritas»
El Pontífice fue claro al contrastar el plan de misericordia divina con las ambiciones humanas que hoy generan conflicto. Al respecto, señaló:
»En nuestro tiempo sentimos la necesidad de un designio sabio, benevolente y misericordioso. Que sea un proyecto libre y liberador, pacífico y fiel, como aquel que la Virgen María proclamó en su cántico de alabanza: ´Su misericordia se extiende de generación en generación / sobre los que le temen´. Otros designios, sin embargo, hoy como ayer, envuelven al mundo. Son más bien estrategias que buscan conquistar mercados, territorios, zonas de influencia. Estrategias armadas, revestidas de discursos hipócritas, de proclamas ideológicas, de falsos motivos religiosos».
El legado del Jubileo y el recuerdo a Francisco
León XIV también dedicó un espacio para reflexionar sobre el Jubileo de la Esperanza, calificándolo como un «tiempo de gracia» y un regalo divino. En un gesto de continuidad, recordó con afecto a su antecesor, el Papa Francisco, quien tuvo la misión de abrir la Puerta Santa en 2024, dando inicio a este periodo de renovación.
Al hablar sobre Roma, la ciudad que acoge este evento, el Papa pidió que la capital italiana no se pierda en sus glorias pasadas, sino que se enfoque en los más vulnerables:
»El Jubileo es un gran signo de un mundo nuevo, renovado y reconciliado según el designio de Dios. Y en este designio la Providencia ha reservado un lugar particular a esta ciudad de Roma. No por sus glorias, no por su poder, sino porque aquí derramaron su sangre por Cristo Pedro y Pablo y tantos otros Mártires. Por eso Roma es la ciudad del Jubileo. ¿Qué podemos desear a Roma? Que esté a la altura de sus pequeños: de los niños, de los ancianos solos y frágiles, de las familias que tienen más dificultades para salir adelante, de los hombres y mujeres llegados de lejos esperando una vida digna».




